martes, 25 de junio de 2013

El riesgo de arriesgarse

Leía en las advertencias del empaque de tampones:

"Toxic Shock Syndrome" para minimizar el riesgo de padecer el síndrome se recomienda "no usar tampones".

Al principio me pareció una advertencia malcriada, como quien dice: si no quieres pelarte las rodillas, pues no corras bicicleta. Sin embargo, luego de pensarlo un rato, tuve una epifanía. ¡Pero qué genialidad! ¿Cómo no se me ocurrió?

Ahora que padezco de problemas estomacales, y siguiendo este sabio consejo, dejaré de comer para que la comida no me caiga mal. Y de una vez, me encerraré en mi casa para evitar gastar gasolina o exponerme a un tiroteo en el expreso. También creo que voy a dejar de querer a mis hijos para no extrañarlos cuando se vayan de casa. ¡Viviré una larga vida libre de riesgos gracias a la total inercia!

¡De cuántas cosas tendríamos que cohibirnos si pensáramos siempre en la posibilidad de una desgracia! La vida consiste en tomarse riesgos, disfrutarlos y aprender de ellos. No hay otra manera de vivirla. Incluso quien decide dedicar su existencia a la meditación o alejado de lo "mundano" se arriesga en cada decisión que toma, en cada palabra que pronuncia, en cada pensamiento que escribe, en cada revelación que recibe. No hay escapatoria. Ahí tenemos que hacer como un niño que aprende a caminar: se cae y vuelve a levantarse para continuar, porque si no lo hace no podrá correr cuando mamá lo persiga para quitarle la crayola con la que pintó la pared.

Todo en la vida tiene consecuencias o efectos secundarios. No se puede vivir evitándolos, sino conociéndolos. Es cuestión de leer las instrucciones, como con los medicamentos, y esperar que la experiencia siempre nos ayude a mejorar.

Persona compra taquilla para montaña rusa
¡Me monto en esta vida!

 

jueves, 30 de mayo de 2013

La cosa...¿está mala?

A veces una se cansa de escuchar de "lo mala que está la cosa" y, aunque no quiera, se deja arrastrar por esa negatividad y desesperanza. De repente las malas noticias se ven más cercanas, las voces de quienes claman justicia se escuchan más fuerte, y parece que un muro se levanta frente a nosotros a cada paso que damos. Nos sentimos ahogados. Buscamos salir a flote cuando ya no nos queda aire.

Pero en medio de esa desazón que nos nubla la vista, surgen destellos de los lugares más simples e inesperados.

Mientras unos se quejan por que la comida está cada vez más cara y el cheque no da para pagar todo; otros comparten lo poco que tienen. A lo mejor después se quedan cortos, quién sabe, pero esas pequeñas satisfacciones los llenan más.

Y así se baja esta señora de la guagua pública, en las zuelas de sus zapatos súper cómodos lleva la huella de las calles y callejones andados y desandados, colgado del hombro luce un gran bolso de plástico en donde tiene, entre otras cosas, un paquete de arroz. Según va andando, suelta un puñado de arroz para las palomas. Las observa un rato, sonríe satisfecha y sigue su camino. Más adelante, vuelve a soltar otro puñado y repite su pequeña alegría.

Y entonces me sacudo la telaraña de los ojos y me doy cuenta de que la cosa no está tan mala na'.

Dibujo mujer alimentando palomas